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lunes, 24 de enero de 2022

No me arrepiento

No me arrepiento de haber viajado a Rusia, a ver a Messi y compañía, y a la hora del himno nacional olvidarme de activar el sonido ambiente del video.

¿Pero cuántas veces en la vida nos hemos arrepentido de algo que hicimos por palabra, obra u omisión? Por mi culpa, por mi culpa…

¿Qué es lo que lleva a una persona a arrepentirse? ¿Qué es ese sentimiento que nos persigue a todas partes? ¿Existe Dios? ¿El diablo es un culiau?

Naveguemos sobre lo que es arrepentirse y reconozcamos -también- que hay que tener valor para admitir que uno está, primero equivocado, y segundo dolido por algo que hizo. 

Donde dice dolido también podríamos decir ´con un cargo de conciencia y un nudo en el estómago bárbaro´, pero es demasiado explícito.

El arrepentimiento busca un cambio, una decisión. Una modificación en la conducta. Un camino diferente del que venimos tomando. 

Me pasaba cuando era chico de decir abiertamente que yo no me arrepentía de las cosas. Qué por algo será, que aprendí para la próxima, que en realidad no quería eso. 

Pero en una especie de viaje astral (dos secas extras) recordé tres eventos puntuales en los cuáles llegué a la conclusión que me arrepiento de no haber actuado, terminado y aprovechado una oportunidad.

 

El recital.

-Los coprotagonistas: Nico & Oscar. 

-El lugar: calle 9 de julio y general paz. San Miguel de Tucumán, Argentina. 

La movida tropical tenía un solo hábitat natural en la capital tucumana: Metrópolis. 

Este santuario merece su propia biblia escrita con tintes de sangría y acondicionador para el cabello. Interminables vasos de cerveza iluminaban (en conjunto) un altar donde un presentador hacía que tus noches se transformen en las mejores noches de tu vida.

Un sábado me llegó la habitual invitación de mis dos amigos para asistir a la misa bailable y en la cual yo dije que no. Sin muchos argumentos. 

-pero tocan Los Pibes Chorros.

-no, no tengo ganas.

Algo así fue la charla con Nico, que hoy descansa en el cielo. O no.

Nunca entendí porqué dije que no tenía ganas, lo que si es que jamás me pude olvidar de la sensación de angustia que me causó quedarme en casa esa noche, y no poder ver a Ariel (estos son más chorros que vos) y a Los Pibes Chorros desplegando cumbia por el altar de Metrópolis.

 

Un paraguas.

Durante mis años de universidad estuve enamorado, o lo que yo creía que era ese sentimiento, de una chica oriunda de la provincia de Salta que estudiaba diseño gráfico. Esos eran los dos únicos datos que sabía de ella. 

Y cuando hablo de amor, quiero decir algún intercambio pasajero de miradas por los pasillos facultativos. Y cuando digo algún intercambio pasajero de miradas por los pasillos facultativos, quiero decir las veces que yo la miraba y que ella 'mmjum' me ignoraba.

En fin, a lo que quería llegar es que una vez, una tarde, por escasos cuatro o cinco minutos tuve la posibilidad de entablar una comunicación con ella. 

Mientras regresaba de la universidad, la lluvia me dio la chance tan buscada: entre baldosa rota y baldosa sana, me topé en la misma cuadra con la salteña. 

Hubo intercambio de miradas, parálisis temporal de mi corazón, transpiración en exceso y una situación bastante clara: ella estaba parada mojándose y mi carta ganadora era mi paraguas.

Nada de lo que uds pueden imaginar hice. Me cubrí con el paraguas y seguí caminando. Sentí sus ojos clavados en mí.

Esa fue la segunda chance perdida de la cual me arrepiento.

 

Los Power Rangers.

¿Cuál era tu Power Rangers favorito? ¿Por qué Tomy siempre fue un traidor? ¿De cuántas pulgadas era el tele dónde estaba Zordon? Son preguntas que pueden contestar en la caja de comentarios. Siempre quise decir eso.

Era un Black Friday del año 2019 y me encontraba buscando ofertas de piedras para gatos y cervezas a granel cuando simplemente lo vi: un casco de los Power Rangers.

Me separaban 25 mil pesos argentinos y un doble clic en mercado libre de la felicidad total. Era el casco del rojo, mi personaje favorito de ese programa: Jason. 

Quizás podría ser una compra un poco excéntrica, pero toda una infancia hacía que valga la pena. ¿Se imaginan todas las fiestas de disfraces dónde lo podría haber usado? ¿No? Yo tampoco.

No haberme comprado ese maldito casco es otra cosa de la que me arrepiento. ¿Y vos? La culpa, la tarjeta de crédito, el después, el qué dirán. 

“Bastante trabajo me ha costado cometer mis pecados como para malbaratarlos en arrepentimientos vanos”. Dice Joaquín Sabina. Yo digo que soy muy cagón.

 

 

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