Somos un número

jueves, 7 de julio de 2016

Los seis


Una noche sin mucho más futuro que el de las obligaciones conyugales sonó mi celular con la propuesta de ir a trabajar para un evento especial.
La promesa de ir al cine con mi novia se esfumó tan rápido como me cambié y fui al bar donde laburaba con un grupo de amigos. La misma esquina de avenida Catamarca y calle Corrientes me esperaba reluciente y con alguna aventura entre sus manos. La verdad, cualquier excusa era mejor que una película yanqui llena de estereotipos y efectos especiales.
El encargado nos reunía a todos en la cocina y en una charla, que por momentos rozaba lo motivacional, nos contaba el panorama de la jornada. Éramos tres ese día, el “flaco” como le decíamos, nos aclaró que no necesitaba a nadie más: el chef, un mozo y yo en la barra.

Evento especial de un grupo de seis brasileros que querían comer pollo con arroz, papas fritas y tomar cerveza hasta el hartazgo. Era todo extraño, pero fácil de lograr. Y pensar en las propinas animaba el transcurso de las horas.
Llegaron más tarde de lo previsto, los recibí, y pidieron cervezas. Trataba de parar la oreja y escuchar lo que decían, al parecer se firmaba un contrato importante. La comida estuvo servida a tiempo por mi compañero, y no pidieron postre.
Uno de los integrantes de la mesa se levantó, saludó a todos y se retiró del bar, cuando vi que se movía hacia la puerta me adelanté para abrirle, me guiñó un ojo y se despidió con un cordial “chau papá”. Más tucumana que la empanada era su tonada.
La postura de los cinco que, hasta allí, había sido antipática y nerviosa entre ellos, cambió totalmente. El más alto de todos se acercó y me pidió whisky. Él mismo fue llevando todo a la mesa en dos tandas, dejó el suyo en la barra y nos pusimos a charlar.
Todo lo aprendido en mis clases de portugués estaba intacto, estaba preparado, pero el alto hablaba una mezcla entre tucumano básico y su idioma natal que, la verdad, se entendía perfecto. Me contó que eran de Victoria (Espíritu Santo) y que estaban por inversiones.
Uno de los integrantes de la mesa hizo una seña, que no sabía bien para quién era, pero estaba claro que significaba que se terminaba la charla y el whisky. La cena ya estaba pegada anteriormente, pasaron dos taxis a buscarlos y se fueron.
Me quedó una sensación rara, como que me había perdido la temporada de una serie. Busqué al encargado, cobré mi plata (treinta pesos, en ese entonces eran) y una pequeña lluvia me acompañó en mi regreso a casa.

Dentro de mi mochila tenía lo de siempre: un libro, un lápiz para matarlo, una remera extra y, ahora, unos papeles que me guardé de los brasileros. No les conté, pero cuando se fueron y limpié su mesa, encontré tiradas unas hojas con firmas. ¡Me las llevé!, qué quieren que les diga, me intrigaba demasiado saber de qué se trataba.
Quizás eran del sexto integrante de la mesa, el que se fue primero, puede ser que la haya olvidado o que no estaba a favor de lo que decían: “solo quedan diez (10) años para el BICENTENARIO, se termina el tiempo para los hermanos independientes…”.

Llegué a casa y me acosté. Era domingo 9 de julio de 2006, una botella de agua, siempre bajo la cama, me anunciaba que después de ese trago, iba a quedar rendido en el mundo de los sueños. O pesadillas, después lo que había leído.
Me desperté con la fuerte mirada de mi padre que tenía un trapo de piso en la mano, y me hacía caras que continúe durmiendo. Y le hice caso hasta el mediodía. Dormido fui hasta la cocina y encontré una nota que decía que todos se iban a comer a lo de mi hermana: “vamos a estar los seis, te esperamos”.
Los seis. Recordé los seis de la mesa, los brasileros, los hermanos independientes, mi novia dependiente -y enojada todavía-, el español, el portugués, los papeles, el agua, mi papá, el trapo. La basura y el basurero. No habían quedado rastros de mi futura ex gran investigación. 

No recordé más esa historia, hice fuerzas para olvidarla.

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